viernes, 13 de noviembre de 2020

lunes, 14 de septiembre de 2020

viernes, 21 de febrero de 2020

¿Es bueno el amor romántico?


Cuanto más de lejos se percibe mejor. Y es que creo que la aproximación que resulta más plausible sobre este tema es aquella que lo analiza desde la distancia, desde el punto de vista de un naturalista que estudia al ser humano como si de un animal salvaje se tratara, como una bestia que lleva escrito en los genes sus más insondables instintos.

Pues sí, para responder a esta pregunta no recomendaría leer a Jane Austen o a Federico Moccia, les sugeriría sumergirse en “El gen egoísta” de Richard Dawkins pues, como seres vivos que somos, el homo sapiens también lleva impreso en sus genes las conductas que le proporcionan más posibilidades de éxito en la supervivencia, la reproducción y el porvenir de su descendencia. Si no fuera tal el caso, la selección natural se encargaría de extinguirnos por inadaptados.

Puede que quizás, a priori, no lo perciban así pero podemos si quieren mostrar un caso contrario al amor romántico muy particular pero muy ilustrativo y es el hecho de que la mayoría de los seres humanos sentimos un profundo rechazo a mantener relaciones sexuales con nuestros familiares más cercanos consanguíneamente. Aun cuando fuera del sexo contrario mantener relaciones con un padre o una hermana nos provoca una absoluta repugnancia. Este no es un aspecto cultural o educacional y, de hecho, no podemos explicar por qué si nos preguntan pero no lo haríamos, de ninguna manera nos prestaríamos a ello por voluntad propia. Hoy sabemos que la consanguineidad plantea problemas con la descendencia y que las distintas generaciones de individuos fruto de esas relaciones pueden padecer enfermedades congénitas y tener peor porvenir. Siendo así, ¿no es lógico pensar que la descendencia de las poblaciones humanas que son capaces de experimentar ese rechazo será más próspera y que esa debería ser, por tanto, una expresión genética generalizada en nuestra especie?

Llegando al punto que nos ocupa: ¿es posible entonces que el amor romántico sea también un producto de nuestra genética? De ser así ¿ha supuesto el amor romántico una ventaja adaptativa para supervivencia de nuestra especie a lo largo de nuestra historia? Personalmente y aunque resultaría mucho más complejo de explicar, así lo creo. Es no obstante un interesante tema de debate tratar de explicar el por qué…

Estoy de acuerdo en que, a pesar de que estuviéramos programados para sentirlo, otro asunto diferente es la gestión que hacemos de nuestras emociones. Así por ejemplo, está claro que sentir dolor es una ventaja adaptativa muy importante y que proporciona una valiosa información al individuo para la supervivencia, pero no todas las personas gestionan ni afrontan el dolor de la misma manera. Esto también resulta un tema muy interesante de debate…

En el futuro quien sabe si las conductas que tengan más éxito de supervivencia y reproductivo, que maximicen también las oportunidades y el porvenir de la descendencia pasarán por comportarnos sexualmente como los leones aunque, como hombre que soy, espero que nunca lleguen a ser como las de las mantis.  En cualquier caso considero que estar en contra del amor romántico es tanto como atacar el hambre o la sed. Puede que no nos guste sentirlo pero nos proporciona una valiosa información sobre las conductas que podrían reportarnos mayor éxito en la vida aunque, por supuesto y al menos en la especie humana, siempre se termine imponiendo nuestra voluntad.

jueves, 5 de octubre de 2017

Lo único que puede separarnos

Siempre me he sentido orgulloso de la diversidad que hay en España porque, las diferencias culturales e incluso idiomáticas nunca hasta ahora habían sido un impedimento para que todos nos diéramos cuenta de que estábamos de acuerdo en lo esencial. Esta misma lógica que nos invita a la unión en torno a unos principios fundamentales independientemente de nuestras diferencias culturales es la que también me hace sentirme orgulloso de ser Europeo. Por esto, a pesar de los motivos que aludan unos y otros para justificarse, está claro que cuanto más solos y peleados estemos, cuanto menos nos centremos en la defensa de nuestros valores, más expuestos estaremos ante el infortunio y mayor probabilidad de que las cosas nos vayan mal.

Resulta evidente que los grandes retos que nos depara el futuro, la conquista del espacio, la cura del cáncer e incluso eventualmente la defensa de nuestros principios contra quienes no creen en ellos; todas esas cosas que nos quedan por hacer juntos para mejorar nuestras vidas y las de quienes nos rodean resultan inalcanzables si no somos capaces de ver más allá del flamenco y la sardana, del brioche y del bratwurst, del ingles y el castellano, si no somos capaces de entender que lo único que realmente puede separarnos es tener diferentes principios y valores porque, por el contrario, las diferencias culturales e incluso las ideológicas no pueden (ni deben) sino enriquecernos. 

miércoles, 7 de enero de 2015

WOWO

#Charliehebdo

domingo, 21 de diciembre de 2014

¿Yo soy pavo o águila?


Cuando era alumno en la universidad un profesor nos hizo esta misma pregunta. Lo cierto es que hasta ese momento nunca antes me lo había planteado pero es verdad que desde entonces esa misma cuestión me ha rondado la cabeza en numerosas ocasiones y circunstancias de mi vida: ¿estoy siendo pavo o águila?

El interrogante no es nada fácil de resolver porque realmente ¿que significa ser pavo o águila? Parece que, en una primera aproximación, la cosa pasa por fijarse en cuáles son los estilos de vida de una y otra ave. A mi por ejemplo se me ocurre la siguiente comparación: El pavo no tiene que preocuparse ni correr riesgos para conseguir una sustanciosa comida a diario porque se la proporcionan. Por otro lado, el águila tiene que salir al campo y exponerse a los peligros del mundo para conseguir un bocado por sí misma.

La vida del pavo parece realmente una vida muy apetecible ¿no es cierto? Sin embargo, la anterior comparativa da lugar a muchas otras cuestiones porque por ejemplo: para mantener el estatus quo el pavo depende de la mano que le da de comer mientras que el águila no depende de nadie. Este es un punto muy interesante porque ¿qué pasaría si de repente la persona que alimenta al pavo dejara de ir? ¿Sería el pavo capaz de sobrevivir sólo en el corral? Y Si decidiera saltar las vallas y salir al mundo ¿Estaría preparado para sobrevivir a los peligros que le rondarán ahí afuera?

Además hay otra cuestión muy interesante pues fíjense que las oportunidades del pavo se limitan a la comida que cae en su corral. Si en su corral, por ejemplo, la comida fuera asquerosa o incomible no tendría la oportunidad de cambiar de vida a no ser que la mano que lo alimenta así lo decidiera. El águila, por su parte, no tiene ese problema porque puede moverse de un sitio a otro y buscar lugares donde pueda haber mejores oportunidades de caza y mejores piezas (o no).

En un plano un poco más transcendental se plantea otra comparativa muy, muy interesante porque ¿cuál es la finalidad de una y otra vida? En el caso del pavo la cosa está muy clara porque en esta vida nadie nos da nada gratis. Sin duda el pavo va a terminar en el horno de aquel que lo está cebando. La vida del pavo sirve pues únicamente a los intereses de aquel que lo está alimentando. Pero ¿y la del águila? ¿cuál es la finalidad de la vida del águila? Esta perspectiva es un poco más difícil de alcanzar pero, sin duda alguna, la vida del águila sirve para mantener el equilibrio del ecosistema en el que habita.

Visto lo anterior y aunque nunca es nada fácil, a mi personalmente me agrada la sensación de pensar que soy capaz de vivir como un águila en todos los aspectos de mi vida, que no dependo de nadie (que yo no deseo) para vivir y tomar mis propias decisiones, que mi vida contribuye a mantener el equilibrio de las cosas y que mis oportunidades dependen de mis propias habilidades y conocimientos. Y aunque esto no soy siempre capaz de conseguirlo, si es cierto que desconfío de todos aquellos que quieren hacerme vivir la vida del pavo. ¿Y ustedes?

jueves, 18 de diciembre de 2014